viernes, 13 de octubre de 2017

El efecto nocebo

Las supuestas cremas del experimento, que no tenían ningún principio activo

Por Miguel Ángel Criado

En 2003, un experimento con 100 hombres demostró cómo nos engaña el cerebro. Todos sufrían una enfermedad coronaria y a todos se les trató con el betabloqueante Atenolol. Un tercio de ellos no sabían qué estaban tomando. A otro tercio les dijeron el nombre del fármaco y para qué servía. Al tercer grupo les confesaron que podían tener problemas de erección. Solo uno de los primeros y cinco del segundo grupo tuvieron disfunción eréctil. Pero un tercio de los que sabían qué efecto secundario podía tener el fármaco, acabaron sufriéndolo. Lo llaman efecto nocebo, el reverso del placebo.

"Nocebo se refiere a cualquier efecto negativo fruto de un tratamiento simulado. Puede ser el empeoramiento de un síntoma o la aparición de efectos secundarios", explica la investigadora de la Clínica Universitaria de Hamburgo-Eppendorf (Alemania), Alexandra Tinnermann. Aunque por cada investigación sobre este fenómeno hay 1.000 sobre el efecto placebo, además de agravar el estado de muchos enfermos, el efecto nocebo está entorpeciendo buena parte de la investigación y plantea dilemas en la práctica médica.

Junto a un grupo de colegas, Tinnermann ha comprobado que uno de los factores que pueden favorecer la aparición de efectos nocebo es el precio del tratamiento. "En los estudios sobre placebo, se ha visto que cuanto más cara es una medicación, mayor efecto placebo, lo que sugiere que en la mente de las personas, el medicamento caro aparece como más potente que el barato. Lo mismo parece suceder con el efecto nocebo. Pensamos que la gente cree que un potente fármaco también es más fuerte a la hora de tener efectos secundarios", explica la investigadora germana.

Para comprobarlo diseñaron dos cajas para una crema contra la dermatitis atópica. Una de las cajas (la de color naranja) daba una imagen más vulgar del medicamento que la azul, con un diseño más cuidado. Confirmaron esta impresión con un centenar de personas ajenas al experimento. La mayoría supuso que la azul era más cara. Dentro de las cajas colocaron un tubo de crema e iniciaron el ensayo del nuevo medicamento.

Dividieron a 50 personas en dos grupos. A uno le aplicaron en el antebrazo la crema de la caja naranja y al otro, la de la caja azul. También les pusieron una tercera crema como control del experimento. Al primer grupo le dijeron que iban a probar una versión barata del fármaco y al segundo, la de gama alta. Buscaban reforzar la impresión que ofrecían las cajas. En ambos casos, también les dijeron que el producto les provocaría una quemazón que podría ser dolorosa. La crema se la aplicaron en un parche.

En realidad, el dolor de la quemadura lo provocó el parche: las tres cremas eran la misma sustancia sin ningún principio activo. Sin embargo, como muestran los resultados de su estudio, publicados en Science, los voluntarios a los que se les aplicó la crema de la caja azul dijeron sentir mucho más dolor. Y eso que la temperatura fue la misma para todos.

"Los estudios sobre nocebo demuestran que un síntoma puede ser amplificado o empeorado por las expectativas negativas", comenta la profesora de la Universidad de Maryland (EE UU) e investigadora de los fenómenos placebo y nocebo, Luana Colloca, no relacionada con esta investigación. "Por ejemplo, los participantes en un estudio pueden sentir un dolor insoportable cuando ellos experimentan un estímulo para el que han sido condicionados para que crean que será extremadamente doloroso, aunque el estímulo haya sido programado para provocar un nivel medio de dolor. Puede parecer un truco de la mente, pero ahora sabemos que interviene un sistema psiconeurobiológico de modulación del dolor que conecta las expectativas de la persona de un alivio o empeoramiento del dolor con la liberación o bloqueo de opioides endógenos", añade.

La investigación de Tinnermann muestra cómo sucede este proceso a nivel neurológico. Al mismo tiempo que se desarrollaba el ensayo, registraron la actividad cerebral de los participantes. "El córtex prefrontal, donde se cree que generamos las expectativas negativas afectó a regiones cerebrales más profundas, como el tallo cerebral e incluso la médula espinal". Todo el sistema principal del dolor se vio activado por el valor que los sujetos daban a las cremas. "Más aún, la comunicación entre estas regiones fue modulada por el precio de la medicación", añade.

"Las respuestas placebo y nocebo son muy comunes en el contexto de los ensayos clínicos", recuerda Colloca. El problema es que están afectando a la propia investigación médica. "En los últimos cinco años más de 1.000 ensayos clínicos en medicina del dolor no han conseguido encontrar nuevos tratamientos porque el principio activo no mejoraba los resultados del placebo de control", desvela. Eso supone mucho dinero. Y se pregunta si no sería mejor aprender a aprovechar el poder de estos efectos. "Comprender el efecto placebo podría ayudarnos a reducir el creciente gasto sanitario y combatir problemas sistémicos como el abuso en la prescripción de opioides y la adicción", termina la investigadora italiana.


Pero los efectos nocebo plantean otro dilema: el de informar o no al paciente sobre los posibles efectos del tratamiento. En mayo pasado, The Lancet publicó el mayor estudio realizado hasta la fecha sobre el efecto nocebo. A más de 10.000 personas les administraron durante tres años Atorvastatin, usado para rebajar el colesterol en personas con riesgo coronario, sin saber lo que estaban tomando. Al cabo de ese tiempo, ambos grupos tuvieron el mismo porcentaje de debilidad y dolor muscular, uno de sus posibles efectos secundarios. En una segunda fase de dos años, les revelaron el nombre del fármaco: los casos de dolores musculares subieron un 41%. El problema es que el paciente tiene derecho a saber qué está tomando, aunque eso reduzca la eficacia del tratamiento o agrave sus efectos secundarios.

FUENTES: https://elpais.com/elpais/2017/10/11/ciencia/1507733288_377544.html



miércoles, 4 de octubre de 2017

"Vacunar a mi hijo iría en contra de mi religión"






El movimiento anti vacunas es una corriente que, para desgracia de muchos pediatras y organismos internacionales está a la orden del día en países europeos como Italia o Francia, donde epidemias de enfermedades como el sarampión han vuelto a poner a las autoridades en jaque, o como en Estados Unidos donde hay padres que incluso prefieren ir a la cárcel a vacunar a sus hijos, proclamando que hacerlo iría en contra sus creencias.

En Estados Unidos, la Asociación Médica Americana ha desacreditado de forma reiterada a los progenitores que rechazan vacunar a sus hijos por razones alejadas de la medicina y, al igual que otros organismos como la Organización Mundial de la Salud, hacen hincapié en su capacidad para erradicar, proteger y prevenir que los más pequeños padezcan enfermedades como el sarampión, la varicela o las paperas. En ese país, todavía en 20 de los 50 estados más Washington DC, proponen no vacunar por motivos religiosos y personales. Solo tres estados, California, Mississippi y Virginia Occidental, no permiten exenciones no médicas.

Efectivamente, los padres que retrasan o rechazan la vacunación para sus hijos lo hacen por varias razones: creencias religiosas, personales o filosóficas; razones de seguridad para sus hijos y la falta de información que, según reclaman, existe por parte de los sanitarios, según una última investigación realizada en 2016 y publicada en el Journal of Pediatric Pharmacology and Therapeutics.

Un último caso acontecido en EE UU ha puesto a los anti vacunas, de nuevo, en el centro del debate cuando una mujer de Detroit (Michigan), Estado en el que no hay obligación de vacunar a los hijos, ha asegurado en varios medios estadounidenses “que prefiere ir a la cárcel que poner las nueve vacunas a su hijo de nueve años”. La obligación de vacunar se produce tras una sentencia judicial. “Vacunar a mi hijo iría en contra de mi religión. Esto se trata del derecho a decidir. De elección. De poder elegir las opciones médicas con respecto a mis hijos”, dijo la mujer en The Washington Post. La madre fue demandada por su ex marido el pasado noviembre y desde entonces no ha procedido a la vacunación de su pequeño. El plazo límite es este miércoles. “No he tenido la oportunidad de alegar mis razones, por lo que lo más que probable es que entre en prisión”, ha añadido la mujer.

A pesar de que en Michigan se permite alegar motivos religiosos para rechazar la vacunación, muchos colegios están obligados a impartir un curso a los padres en educación en salud a este respecto, tanto en centros públicos como privados. La mujer aseguró que había asistido a estos cursos. Y, según ella, ambos progenitores estaban de acuerdo en no vacunar al pequeño que ahora tiene nueve años. El matrimonio entre ambos fue anulado pocos meses después del nacimiento de su hijo. La madre reiteró que “no está en contra de las vacunas, pero sí que debe ser una decisión de los progenitores”.

El movimiento anti vacunas en el mundo

En Estados Unidos las autoridades sanitarias tienen un problema con las familias que se niegan a vacunar a sus hijos. El sarampión se declaró erradicado en el año 2000 y, sin embargo, en 2014 surgieron 23 brotes con 668 infectados. A finales de la década de 1970, la tosferina se había limitado a un millar de casos anuales; pero solo en California en 2014 sufrieron una epidemia con casi 10.000 enfermos y más de 18.000 en todo el país en 2015. O en Minnesota, por ejemplo, donde se está experimentando en la actualidad el peor brote de sarampión en décadas, y en el que activistas contra las vacunas han intensificado su trabajo para desafiar los esfuerzos de los funcionarios de salud pública y los médicos para prevenir la propagación de la enfermedad altamente infecciosa.

Este movimiento anti vacunas comenzó con fuerza en EE UU en 1988, cuando una revista científica de prestigio publicó un estudio que relacionaba el autismo con las vacunas, investigación que ha sido desacreditada en múltiples ocasiones por toda la comunidad científica. Ahora, casi 30 años después, el propio presidente de la nación Donald Trump protege y apoya a estas familias, movimiento al que le dio crédito, incluso, antes de llegar a la Casa Blanca en múltiples ocasiones.

Y en Europa, los anti vacunas también están muy presentes. En Francia, por ejemplo, aunque a partir de 2018 va a ser obligatorio vacunar a los menores contra 11 enfermedades, una asociación está movilizándose para resucitar en el país el bulo de las vacunas y el autismo. Las familias quieren pedir una "indemnización por daños causados por la vacunación pediátrica", a la que consideran responsable de un aumento de los casos de autismo entre los niños.

Por esta razón, las leyes de vacunación están siendo reforzadas en toda Europa, donde la caída de la inmunización ha causado un aumento en enfermedades como el sarampión, la varicela y las paperas, según ha asegurado El Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades (ECDC). Italia, por ejemplo, ha aprobado una ley que establece la vacunación obligatoria para los niños de 0 a 6 años y sanciones a los padres que no cumplan con el calendario. Y en Alemania, donde la inmunización de los niños es voluntaria pero, desde que en 2015 el país sufrió un brote de sarampión, la canciller alemana, Angela Merkel, modificó la legislación y obligó a los padres que querían matricular a sus hijos en una guardería a entregar un justificante que asegurara que habían sido informados sobre los planes de vacunación.

FUENTES: